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Maldito ascensor.

Esa máquina mezcladora de personas que se asemeja a los proyectos de maquinas futuristas que nos hacían pensar en los 80's que podríamos teletrasportarnos sin apenas gastarnos la suela de los zapatos, a los lugares más rutinarios y habituales, o a aquellos que nuestra imaginación pudiera alcanzar.

Malditos 34 segundos que tengo que convivir más hacinado que con mis seres queridos con personas que no me he preocupado en 20 años absolutamente, ni lo pienso hacer en los próximos 20. Reconozco que tengo ciertas relaciones de amistad con algunos vecinos por afinidad laboral, por estar en el mismo escalafón social o por tener algún vecino como enemigo común. Lástima, pero hoy día es así. La afinidad se crea por compartir enemigo, no objetivos sanos. Reconozco que no soporto subir con algunos vecinos por su olor corporal, por su halitosis, por su manera de mirarme o por que aprovechan para inferir en mí el estado actual de mis cosas. Estamos hablando de un ascensor, no de un muro de Facebook.

Buenos lugares
Portas de una casa con su chimenea y su leñero.

 

¿Buenos dias?

Apenas un "buenos días", y accionamos la botonera del elevador para comenzar una conversación, que antaño se extendía por el rellano, y hoy día segamos con la excusa de que el automatismo de la puerta nos impide seguir siendo humanos. Solo una necesidad real de quejarnos sobre un uso común o un chismorreo de una tercera persona impide el final de carrera de la puerta motorizada. Apenas llegamos a nuestro hogar hacemos reset al compás del portazo. Vivimos en la burbuja que nosotros hemos ayudado a crear y que creemos que es la mejor manera de protegernos de nuestra propia verdad. Pero bueno, vivimos en "comunidad" y eso está bien. Lo cierto es que hoy día convivimos con personas que apenas conocemos, pero que parecen similares y nos sentimos seguros por ello.

En mi barrio natal apenas se cerraban las puertas durante el día; todos entraban y salían de las casas de los demás vecinos y muchas veces cenábamos juntos en una casa o en otra, en su patio o en el mío. Los críos saltábamos las tapias de las casas para juntarnos a pegarle fuego a un bote de gasolina encontrado en un solar y así freír una lagartija. Si regábamos un patio, aprovechábamos la manguera para remojar el caluroso patio del vecino, y si barríamos nuestra puerta sacudíamos el felpudo de nuestra anciana vecina de rellano, cuya salud impedía hacer según que esfuerzos.

Buenos deseos.

Pero eso se veía compensado con la sabiduría común que se creaba en esos patios de vecinos, en esas "corralas" que tanto ingeniero han criado y tanto traficante del 3 al 4º... Lo que no sabía un vecino lo sabía otro y eso era una verdadera colmena humana que anteponía la colaboración desinteresada a los intereses individuales.

Deberíamos aprender de quien conserva estas tradiciones y conservan la mentalidad de colaboración que hoy día es tan necesaria para crear una mentalidad colectiva desde una conciencia del individuo, siendo consciente de pertenecer al gran muro humano sin perder la identidad de ser ladrillo.